Solitude

Solitude

miércoles, 22 de junio de 2011

Y a cómo está la gloria ?

Muchos mundos son así. Pero si hay un ámbito corrupto, pletórico de trampa y tramposos, oscuro, denigrante, con una ausencia consensuada de valores y moralmente empetrolado, es el del fútbol.

Como todos los lugares donde se mete, el dinero hizo metástasis y ésta no es la excepción, precisamente. Ahí anda desde entonces el fútbol, conviviendo con una enfermedad que lo degrada día a día pero que inexplicablemente no consigue matarlo. Más insólito aún: lo provee de una máscara de salubridad que devuelve una imagen sólida y brillante. Nadie duda que es  fuerte, pasa que sólo algunos ven irregularidades y otros apenas un resfrío.

Eso si: te pone en cartel una obra inacabable, en un escenario donde es posible dudar y creerlo todo. Donde lo que te ilusiona por momentos, luego te desengaña y se recicla para volver a ser confiable, siempre tensando los hilos de una masa huérfana de expectativas, que sólo puede sobrevivir con migajas engañosas para luego arrojarlas con indiferencia  sobre sus sentimientos.

Esta noche, el espectáculo nos tiene preparados un nuevo capítulo con condimentos ideales para la historia que escribe a diario. Si bien con una figura repetida (el pobre contra el rico), esta vez hay elementos que le dan una particularidad especial. El poderoso ha caído, víctima de su soberbia y su desprecio para con el resto. Sus falencias lo pusieron contra las cuerdas y no tiene reacción. Está desguarnecido, sin respuestas y debe afrontar algo desconocido, porque lo que está en juego no es su abolengo (perdido hace rato), sino que se encuentra a instantes de atestiguar como una mácula indeleble puede llegar a posarse sobre su historia, para modificarle presente y futuro para siempre.

El pobre, para variar, sin nada que perder salvo (tal vez) la única posibilidad que le ofrezca la vida para salir de su condición. Su éxito está supeditado a las variables de siempre, pero esta vez se enfrenta a su antípoda, aquel que puede llenar todas sus carencias. Es tal el relieve del rival que su posible triunfo se vería opacado por la derrota del grande; pero a la vez se sabe que quedará envuelto en la gloria más absoluta por la dimensión de la hazaña, grabando a fuego su nombre en la memoria colectiva.

Y también estamos los espectadores, prestos al inicio de la función. De un lado, los millonarios que simpatizan con el rico. Del otro, los humildes comprometidos con la gesta del pobre. Los imparciales, aquellos que nos conformamos sólo con nuestro papel de público, sentimos un morbo indisimulable. Porque podemos oler la sangre del rico. Podemos sentir su pánico, ver sus ojos vidriosos maniatados por una angustia creciente y saber que la circunstancia le pesa como nunca. Aunque nuestra objetividad quiera imponerse deseamos fervientemente que el destino nos regale el privilegio de ser testigos oculares de un momento único, crucial, de quiebre definitivo de una tradición.

Pero debo reconocer que el miedo también me atrapa como al rico. Tengo mucho temor que aparezca el dinero, una vez más, para apoderarse de todo. Para comprar la decencia del rico sobornando a sus pares, o para ponerle un precio a los sueños del pobre y quedárselos por la décima parte de lo que valen.

Sólo consigo tranquilizarme cuando recuerdo que se va a jugar un partido de fútbol. Porque si bien todo es podrido y predecible, lo único que no se puede asegurar es el azar. Como tampoco es posible comprar a los once titulares salvo un acuerdo general firmado en un escritorio (vale aclarar que es un hecho que nunca ha sucedido).

Por ende, confío …

Sé que es posible que un pobre rompa esa telaraña de mediocridad. Y tiene miles de herramientas para hacerlo: un zapatazo, una perla, una corajeada, un esfuerzo supremo ó una genialidad. Soy consciente también que el escenario se lo puede comer sin miramientos, pero la posibilidad de torcer el destino está. Es real y concreta. Todo depende de la voluntad del pobre de abrazarse a la gloria. Y es sabido que una voluntad que no se compra, no se quiebra …

sábado, 18 de junio de 2011

Poniendo primera

Antes de arrancar, me gustaría aclarar que no pienso que todo es una mierda. Para nada. De ninguna manera. No pienso eso en absoluto. Sólo lo vivo y lo compruebo a diario.

Claro está que al decir “todo” estoy cometiendo una evidente generalización y le meto una carga de negatividad y desvalorización a todas las cosas, tanto las tangibles como las que no. Es decir, nada queda a salvo porque nada es bueno o vale la pena. Entonces, si tomara como cierta esa idea que sostiene que cuando nos morimos nos llevamos nuestras cosas a otro mundo, mi mudanza estaría organizada por decenas de canastos iguales, y todos con un cartel pegado que diría “MIERDA”, escrito con indeleble.

Y si mantenemos el hilo de las suposiciones, también sería un problema elegir qué cosas llevar y cuáles no en ese cambio de residencia imaginario al que nos sometería la señora de calavera y guadaña. Una disyuntiva que nos retrotrae a la palabra madre (“mierda”, por si no se entendió) y sobre la cual girarán todas nuestras preguntas y respuestas. Porque si todo lo que tengo es lo que es, cuál es la joda de llevarlo a otro lado ?

Por eso es bueno saber diferenciar; separar la paja del trigo y los originales de los duplicados. Puede que la realidad nos aplaste como liendres y, absortos ante el desastre que vemos quedamos enceguecidos ante cualquier expresión del bien. Pero aunque así fuera, deberíamos tener el temple y la claridad para no rendirnos al desánimo y permitirnos el disfrute (iba a poner “goce”, pero queda medio erótico de viejo alzado).

Al que leyó hasta acá y no entró al Olé al mismo tiempo que le decía al monitor “sos un pelotudo, dejá el vino …”, además de agradecerle el gesto, lo imagino desconcertado. Porque no está clara mi postura: siempre hay algo mejor o todo será peor ? Pesa más lo malo o lo bueno ? Vence el “Dale que sale !” ó el “Dejá, ya fue …” ?  

Y mientras pensaba más figuras contrapuestas para llenar con boludeces algo que está más que claro, me daba cuenta que siempre se te va a ocurrir una antinomia. Más en este país, donde todo tiene su opuesto y donde siempre hay alguien que te supera. Vos decís “me operaron de apendicitis” y fija que te salta alguno que te tira “eso no es nada: a mí me operaron 4 veces a corazón abierto en un fin de semana”. Nunca pude terminar de entender ese fenómeno, que no obedece a clases sociales, ideologías, cosmogonías ni orientaciones sexuales. Acá está plagado de gente mejor que uno (y mucho mejor que el otro, imaginate …). Porque por más que traigas a la conversación un ejemplo a seguir, resulta que habrá otro que te va a refregar un caso mil veces más importante, relevante y conmovedor. Todo para que tu participación en el diálogo se vea reducida a un comentario plausible de calificarse como “gilada” dicho por un infeliz que vive en una panera y que tiene menos idea de la vida que Tobías Blanco, cuando en realidad uno lo hizo pensando en aportar una referencia ligada al tema que versaba en el momento. Pero el iluminado que está de vuelta en todo reduce nuestra intervención (y nuestra estima) a la misma valía que el material descartable. Así son las cosas en nuestro país, con gran parte de nuestra gente. Sé que saben que esto es real, y el que no lo sabe lo imagina. Y el que no lo sabe ni lo imagina, bueh … es un Tobías Blanco.

Lo bueno es que a partir de ahora y después de lo leído, cuando alguien les venga a decir “el otro día leí el blog de un amigo, no sabés que mierda que es !”, Uds tendrán la magnífica e irrepetible oportunidad de apagar las luces de la sala, que el seguidor caiga en el medio del escenario iluminando completamente su figura erguida, para espetar displicentemente un …
      
“vos porque no leíste el de MI amigo …”